viernes, enero 11

Es un milagro...


Y pensar que pude no haberme cruzado en tu camino, pude no haberte conocido jamás…porque coincidir en 15 m2 los dos, el mismo día, a la misma hora, en la ciudad más grande del planeta… ¡ha de considerarse un milagro! ¿no?

¿Qué tal si nunca hubiéramos coincidido? ¿Qué tal si aquella noche no hubiera asistido a donde mi corazón mandaba?

Compartir mi vida con un genio de tu talla, descubrir lo que albergas en tu alma y es más querido para ti, comprender tus palabras como si me las hubieras expresado aún antes de conocernos, encontrar cotidianamente tus brillos, lamentar tus antiguos dolores, compartir tus lejanas alegrías (y las actuales)… ¡ha de considerarse un milagro!

Con todo cuidado escogiste las palabras que más profundamente anidarían en mi alma, las desplegaste ordenadamente, usaste los tonos más bellos, me evidenciaste tus códigos, dejando al descubierto los míos.

Palabras expresadas sin el aliento de mi voz, pero con el de mi corazón… ¿en la distancia?...

Las voces lejanas que te acompañan se vuelven manifiestas en mi presencia, me susurran con voz firme los mensajes que debo transmitirte, me ordenan que no deje de amarte, pues mi amor te ayuda a reconocerte…

Que me ames a pesar de mis desaciertos y torpezas, sin pedirme nada a cambio, de manera incondicional… ¡es un milagro!

¿Y se supone que debo creer que todo esto es mera casualidad?