viernes, abril 14

Real y mágico ...


El sol de primavera entra a raudales por los amplios ventanales.

¿Qué estará haciendo aquí? ¿Cómo llegó sin avisar? Los cuestionamientos estallan en mi mente.

Asombrada, te miro atravesar el lobby del majestuoso Carlton de … de … ¿de dónde? … ¿Buenos Aires? … ¿México? …
¿dónde estamos?

Mientras te registras, no puedo apartar mi mirada de ti. Es que me cuesta creerlo, estás frente a mí, cruzaste el océano más grande, haciendo que concordemos en el mismo sitio: tiempo y lugar afines.

No acierto a dar un paso para ir a tu encuentro, sólo puedo recorrer mentalmente los detalles, en un intento por verificar la autenticidad de tu estampa.

Alto y fornido, como se que eres; probablemente un poco más delgado. Tu guitarra, perenne compañera, parecería la de un niño.

Sin embargo, ese rostro que me ha acompañado tantas veces, no parece el tuyo.

Te ves más maduro. La sonrisa de niño se ha esfumado de tu boca, la barba ya no es el complemento que enmarca tu rostro.

La piel curtida por los soles de muchos lugares y otras vidas, hace que tu eterna palidez se convierta en un leve recuerdo.

El elegante atuendo que elegiste la noche anterior, antes de tomar el avión que te traería aquí, resalta el insólito color de tu piel, la intensidad de tu mirada, el portento de tu presencia.

Pero ya desapareces tras el botones que lleva tu equipaje.

La visión se esfuma … ¿eres realmente tú? ¿o es mi imaginación, que vuelve a jugarme una mala pasada?

Tan real y mágico a la vez. No puedo dudar más: estás aquí. Algo diferente a como te conozco, pero sé que eres tú.

De pronto, me olvido del mundo y me asalta la prisa que me acosó durante toda la mañana … ¡debo lograr esa llamada!

Corro a mi cuarto, tomo el teléfono, marco … ¡nuevamente ocupado! … ¿con quién estará hablando mi madre? ¡Es importante que la localice!

Mi mirada divaga a través del bellísimo jardín que separa las dos edificaciones, posándose en la única ventana abierta del edificio de enfrente, un piso más arriba.

Tus ojos se cruzan con los míos. No me reconoces. Continúas ocupado, golpeando con fervor el teclado de tu computadora.

Puedo ver las gotas de sudor recorriendo tu frente, sentir la pasión con la que das los toques finales a ese escrito que habrás empezado unas horas antes.

¿Qué haces ahí?

Tanto sol … gente … vida … y tú tan ajeno.

Deseo mostrarte la ciudad, las personas, el deleite de esta vida. Debes conocer las maravillas que esperan por ti. Ellas tienen derecho a sorprenderte.

Atravieso la distancia en un suspiro. Golpeo tu puerta, escucho tus pasos … te acercas a mí y puedo percibir el roce de tu mano sobre el picaporte, comienza a abrirse la puerta …

Pero suena el teléfono, junto a mi cama. Me despierta, regresándome a la realidad de este gris jueves de abril, que tan triste amaneció aquí, en el otoño de Santiago.

... Sueño real y mágico, que me acompaña, como premonición de tu viaje tan próximo.